No hay ningún tópico en mi mensaje anterior, solo cosas que son verdades constatadas y me atrevería a decir que absolutas. Que los niños se peguen y tengan rabietas es una cosa, que establezcan entre ellos comportamientos de humillación y dominio unos sobre otros es otra muy diferente, y eso sucede. Cada vez que surge un tirano no falta que le crezcan esbirros y lameculos, y la labor de esta gente sobre sus víctimas llega hasta límites insospechados.
Y lo de la naturalidad de que te crezca el pelo y las uñas, pero las cortamos... se me vienen a la cabeza ejemplos de muchas "actitudes" ó "formas de vida" que no son "naturales" y no se "cortan"
Explícame esto, que no se a que te refieres exactamente.
No saquemos las cosas de quicio. Los niños se pelean por que son niños, y no hay que buscar futuros traumas emocionales en ello.
Pero es que surgen; no es que los busquemos, es que surgen, lo queramos o no. Te voy a poner un ejemplo que conzco de primera mano: yo era amigo de siempre del chaval más apocado del cole, que las pasaba aún más putas que yo: cuando eramos pequeños, el tio era muy chiquitajo y bastante torpe, así que siempre se reían de él en clase de educación física, cuando no lo usaban de pelota (en el sentido literal del término, le hacían un corro y se lo pasaban unos a otros a empujones, mientras el chaval lloraba y gritaba por favor que lo dejasen en paz; más de una vez me metí en ese corro a hostias para acabar tendido en el suelo molido a patadas y pedradas o convertirme en la nueva pelota)
Resultó que con 14 años seguíamos siendo amigos; ni él ni yo nos comíamos un rosco en mi cole en Madrid. Un buen día, en el patio, "ligamos" con unas chicas del cole y fuimos invitados a la casa de una de ellas porque no estaban sus padres; cuando empezaron a ponerse cariñosas (ya sabes, que te dejaban darles un besito y chuminadas típicas de la edad) y estábamos los dos más contentos que unas castañuelas, se fueron a la cocina para hacer algo de merienda, y empezaron a aparecer los matones del patio, los dos novios de las chicas y otros 6 amigos.
Empezaron a intimidarnos y a reirse de nosotros, las tías se descojonaban a mandibula batiente y nos humillaban mostrándose "cariñosas" con sus novios que empezaron el jueguecito de la pelota con nosotros. Mi amigo lloraba a moco tendido, jamás he vuelto a ver tal expresión de humillación y desamparo en ninguna persona; yo me eché a llorar también, pero al tercer empujón agarré un cenicero de cristal de una estantería y descalabré a uno de los matones; te aseguro, sin ningún rubor, que mi intención era matarlo, tal era la rabia y la impotencia ante la situación.
El tio empezó a sangrar como un cerdo y a dar gritos, uno de los chavales que me sacaba medio cuerpo me dio una patada en la tripa y me envió contra la pared, y mi amigo se hizo un ovillo en el suelo, gritando como un bebé. Los vecinos llamaron a la puerta y las chavalas acudieron deprisa, diciendo que había que llamar a la policía porque yo había intentado matar a uno de sus amigos y se estaba desangrando; entre tanto, a mi me curtían de lo lindo entre todos. Los vecinos llegaron e impusieron paz, pero al final el que pagó el pato fui yo: todos los chavales a una insistieron en que no nos habían provocado de ninguna forma, y todos me señalaron como un chaval peligroso.
Mi amigo se quedó mudo, digo mudo, durante dos semanas, los padres de las chicas y del chaval herido querían demandarme, mis padres me echaban broncas y yo estaba más solo que la una, porque ellos tampoco me creían. Al final mi amigo habló, ayudado por el psicólogo del cole, y contó todo lo que había pasado; entre eso y todas las incongruencia de los matones, los adultos reconstruyeron el hecho. Los padres de los matones y de las chavalas, que antes se deshacían en insultos a mi y en amenazas de demanda, se deshicieron en excusas "son chiquilladas, no hay que sacarlo de quicio".
Al final todo quedó en nada: los hijos de puta fueron cambiados de clase para que no estuviesen todos juntos, ese fue su castigo. Yo fui enviado a una terapia para estudiar mi conducta, porque ni mis padres ni los de mi amigo querían "meterse en problemas" ante la perspectiva de un largo juicio contra gente con mayor nivel económico que nosotros; después de varias sesiones, le pregunté al psicólogo si realmente yo estaba loco, si es que el mundo debía ser así de cruel e injusto, si es que debía joderme y aguantarme y dar por sentado que el abuso y la humillación forman parte de la vida y debía tragarmelos y no dar problemas.
El psicólogo me miró muy seriamente, y su tono de voz cambió; dejó de hablarme como un niño, casi recuerdo sus palabras exactas: "tú tienes realmente un problema, un grave problema. Tú no estás loco, Pablo, muy al contrario: tu gran problema es que eres un individuo demasiado cuerdo en un mundo de locos. Tienes un gran sentido de la lógica y la justicia, pero quienes te rodean ni lo comparten ni lo entienden. Debes aprender a luchar de otra manera, usa la cabeza y no la violencia o acabarás muy mal."
Todavía me hicieron falta varios años más para asimilar las palabras de este hombre, pero no hay bienes en el mundo suficientes para agradecérselas. Mi amigo, sin embargo, aceptó aquello que yo no quería aceptar, ceptó que en le mundo hay gente que jode y gente que es jodida, y que él era de los segundos. Se convirtió en un guiñapo humano, tanto que la última vez que supe de él, hace tres o cuatro años, no había tenido aún relación sexual alguna (con cerca de treinta tacos) e incluso cuando hablaba no mira a nadie a los ojos; siempre rehuía el contacto físico y jamás hablaba de sus sentimientos. Lo único que me salvó a mi fue el ser un bruto, el llenarme de odio, el ser, de alguna manera, más fuerte que él, pero si no, habría acabado siendo lo mismo, de hecho a veces me sorprendo a mi mismo tomando las mismas actitudes de ostracismo y aislamiento que tiene él, rehuyendo los problemas y los enfrentamientos por miedo a la humillación.
Se que este chaval está en terapia de grupo desde hace años, he hablado con sus padres y no te imaginas los esperpentos humanos que hay en su grupo, todos ellos con trabajo e incluso con familias, aparentemente "normales", pero todos con infancias traumáticas marcadas por el abuso y las humillaciones en su niñez.
No, los traumas no los buscamos, no son tópicos, los traumas surgen, están ahí; quienes no lo entienden o lo niegan es, o porque han estado del lado de los acosadores, o porque nunca les ha tocado de cerca, o porque tienen algún tipo de fortaleza de la que otros (muchos otros) carecen, o quizá porque no están dispuestos a admitir aquellas facetas de su comportamiento que han sido modificadas por este tipo de hechos, quizá por miedo, quizá por no volver a sentirlo, quizá porque, como decía antes, piensan que "la vida es así" y que esto "le pasa a todo el mundo". Vuelvo a repetir:
mal de muchos, consuelo de tontos. Una injusticia es una injusticia, la padeza una persona o un millón. Estas cosas ocurren y deben ser combatidas, por supuesto, desde la equidad y el sentido de la justicia.
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