Después del resbalón que supuso La carcoma, Bergman entregó uno de sus más reputados y premiados trabajos, Gritos y susurros. Con guión propio y fotografía de Sven Nykvist, la película podría encuadrarse en eso que se ha venido en llamar cine de cámara, en este caso para cuatro voces femeninas: tres hermanas, una de ellas con una enfermedad en fase terminal, y la criada.
Las hermanas son la enferma Agnès (Harriet Andersson), Karin (Ingrid Thulin) y Maria (Liv Ullmann). La criada, Anna, está interpretada por una actriz poco habitual en Bergman: Kari Sylwan. Un rasgo estético va a dominar en el film por encima de todo: el color rojo, como si ese color, que predominaba en la mayoría de los vestidos de la Karin de La carcoma, hubiera estallado y se hubiera apoderado de toda la pantalla. Rojo será el fondo de los títulos de crédito iniciales (mientras suena una campana); roja la decoración de la casa donde transcurre la acción: suelos, paredes, muebles;
roja la manta que cubre la doliente Agnès; y rojos los fundidos que van puntuando la acción (a menudo acompañados de unos susurros espectrales).
Después de los títulos vemos imágenes de los paisajes que rodean la casa y, luego, la de múltiples relojes, con su tictac de sonido de fondo. A lo largo del film, mientras las hermanas y muy especialmente la criada cuidan a la enferma, vamos a ver por medio de flashbacks algunos aspectos de la vida de las cuatro mujeres. Así, descubriremos las infidelidades de Maria, esporádica amante del médico de la familia (Erland Josephson). [Como curiosidad, en una escena aparece la hija de Maria, interpretada por la niña Linn Ullmann, hija en la realidad de Liv e Ingmar Bergman, y que con los años se ha convertido en una escritora famosa.] En ese segmento, veremos como el marido de Maria, quizá superado por la infidelidad de la mujer, intenta suicidarse sin éxito clavándose un cuchillo.
Durante una noche ventosa, Agnès empeora. La criada despierta a las hermanas, que la lavan e intentan confortarla, pero Agnès acaba muriendo entre gritos de dolor.
Después de amortajarla, aparece el pastor (Anders Ek), que como si fuera el protagonista de Los comulgantes declara que la fe de la muerta era mucho más fuerte que la suya.
El recuerdo de Karin es uno de los momentos más inquietantes. Durante una cena con su marido, Karin rompe una copa y conserva un pedazo de cristal. Luego, en el dormitorio, se va a lesionar voluntariamente introduciéndose el cristal en la vagina. Recibirá al marido en la cama completamente ensangrentada.
Se nos muestra que entre Karin y Maria hay una relación de amor y odio. Asistimos a momentos de gran intensidad emocional entre ellas: caricias rechazadas por Karin, declaraciones de odio hacia Maria y, finalmente, entre abrazos y llantos, una aparente reconciliación (con música de Bach de fondo).
Falta aún el momento más espeluznante: la muerta llora (primero se oye como el llanto de una niña) y pide que venga su hermana Karin. Karin le dice que la odia y que no quiere tener nada que ver con los muertos. Maria lo intenta, pero acaba huyendo también despavorida. Sólo Anna, la fiel criada, se queda junto a la muerta, componiendo una célebre imagen que recuerda “La piedad”.
Al día siguiente, las hermanas con sus maridos hacen planes para deshacerse de la casa e informan a Anna que ya no necesitan sus servicios. La criada se queda sola en la casa, leyendo el diario de Agnès. La última imagen nos trae al recuerdo a las tres hermanas, vestidas de blanco, paseando por el jardín, bajo la atenta mirada de Anna, en un momento aparentemente de felicidad plena. La película se cierra con un rótulo que dice: “Y así callan los gritos y susurros”.
Sin duda, Gritos y susurros es uno de los grandes títulos de Bergman, con un trabajo prodigioso de iluminación de Nykvist (aunque no puede evitar algún zoom a mi modo de ver gratuito, pero era el peaje de la época), un trabajo excepcional con los rostros de las actrices. La interpretación, soberbias todas las actrices, tiene en Harriet Andersson su máxima expresión. ¡Qué difícil reconocer en ese cuerpo seco y dolorido, torturado y extenuado, a la exuberante protagonista de Un verano con Monica! El film goza, además, de un magnífico trabajo de dirección artística y una espléndida banda sonora, con un tratamiento de los sonidos extraordinario.
Como detalle curioso, este film difícil, incómodo, desagradable en muchos momentos, tuvo un éxito excepcional en su día. Recuerdo en Barcelona larguísimas colas para verlo. Y no nos engañemos: no es que se viviera una fiebre bermaniana, sino que el cartel insinuaba unos centímetros de piel femenina que por aquel entonces eran pieza codiciada para un público sediento de sexo. Si además la película era sueca, con lo que eso significaba en el enfermizo mundo erótico del momento, todo queda explicado. Al menos para ver este film no hacía falta ir a Perpinyà.
Muestra del cartel (por cierto, convenientemente retocado):
Spoiler:




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