Uno tiene que lidiar con algunos inconvenientes a la hora de enfrentarse con estos relatos detectivescos.
El primero de ellos es la absoluta inverosimilitud de los asesinatos más macabros:
- Para que una mujer prácticamente levante en volandas a otra y la termine empalando en una estatua tendría que tener una fuerza considerable, no muy realista en una cantante retirada de ópera. También tendría que caer la víctima sobre un elemento menos romo que una mano de mármol. Si no, como es lógico, se romperá y no atravesará el cuerpo de la vidente. También parece que se olvidan de la pobre señora clavada en la estatua y no se molestan en comprobar si tiene "la marca de la maldición".
- Si uno permanece en una sala aislado y debe buscar una forma de morir, se me ocurren maneras menos dramáticas que el destriparse, máxime cuando la víctima es un médico que tiene a mano drogas. Entiendo su evocación de la leyenda de Mitrídates, pero no creo que el personaje tuviese esa cuestión en mente.
El segundo inconveniente proviene del deliberado ocultamiento al espectador de información decisiva para resolver el caso:
No recuerdo que se haga referencia al tipo de flores que se cultivaba en el jardín y, por lo tanto, no podemos deducir ningún envenenamiento. Lo hace el señor Poirot porque ve detalles que nunca podemos contemplar los espectadores, como la existencia de una línea interna de teléfono. Sus pequeñas células grises juegan con ventaja.
En esta cuestión, como pasa como en su referencia al Halloween, se le notan las costuras del texto original, porque resulta increíble que nadie pueda tener un panal en la azotea de un edificio en medio de una gran ciudad. Si los panales están en pleno campo es por razones obvias. Apuesto a que la historia original transcurría en alguna mansión de la campiña inglesa.
Este tipo de objeciones las podría poner en cualquiera de los casos del Sr. Poirot y la Srta. Marple, pero quizás lo que diferencia esta película de otras de similar temática es su deliberado diseño como un túnel del terror, donde de vez en vez nos someten a sustos de diferente intensidad. Sin duda, Branagh juega también con la normal situación del espectador como visor omnisciente,
haciéndole creer que todo lo que se ve es real. Es un truco algo pedestre, porque casualmente Poirot sólo sufre alucinaciones visuales nítidas en soledad; sólo las débiles "audiciones" de Poirot ante otros testigos siempre están desmentidas por estos.
Tampoco me entusiasmó (aunque desconozco de quién fue la decisión) la utilización reiterada durante la primera parte de la película del gran angular. No sé si esto fue decisión del director de fotografía, pero es un elemento innecesario que me saca de la película por su evidencia. Es como si un novelista decidiese subrayar el texto más importante para que el lector no se pierda. Tratándose de un director tan clásico en sus concepciones artísticas me pareció una decisión extraña y por la que no siento especial aprecio. La angustia y la distorsión de la realidad ya están perfectamente conseguidas con su elaborada iluminación; no eran necesarios trucos ópticos.
Aun así, me parece una de las más elaboradas adaptaciones de Agatha Christie, llevada con buen pulso y diseñada como una caja de sorpresas, con un Poirot en plena forma y con una complejísima fotografía; tanto, que linda el barroquismo. No tiene el talento y la emotividad de la magistral
Belfast, pero, dentro de su estilo y género, funciona como una perfecta y pequeña maquinaria, tan bien engrasada y afinada que puedes dejar atrás las objeciones mientras disfrutas de esta pequeña función gótica. Larga vida al Sr. Poirot.
Pdta.: No, Sr. Branagh, en los países católicos siempre se ha celebrado el Día de Difuntos; lo del Jalogüin es una festividad que introdujeron los departamentos de Inglés de colegios e institutos no hace más de una década (al menos en España). En la postguerra europea (o en los años 70, lo mismo da), ver a monjas italianas celebrando esa festividad (¿con niños negros?)
es algo tan anacrónico que sorprende.