Contínuo con la semana, o quincena, o mes, o lo que sea, monstuñero.
Hoy, tocó el turno a La maldición de Frankenstein (nunca he entendido muy bien el que le pusieran éso de "maldición" delante, porque precisamente Frankenstein es una historia en que los elementos de tipo sobrenatural suelen brillar por su ausencia, no obstante la habitual inclusión de este personaje en el llamado "terror gótico"). Apuntaré tan solo que esta fue una de las primeras películas sobre Frankenstein que vi, y aunque me decepcionó bastante encontrarme con una historia muy diferente a la del libro, me quedé fascinada con ese Doctor Frankenstein tan carismático y maligno, esos brillantes y casi chillones colores y esa ambientación tan gótica típicamente hammeriana. Mucha tela hay que cortar.
Hay notables diferencias con respecto del libro, como ya dije, y prácticamente ninguna de las cuestiones que se tocan ahí reaparecen aquí: sin embargo, o precisamente quizá por eso, Fisher se las arregla para hacer una película muy estilizada e interesante, de ésas que te atrapan.
La historia comienza (dejando aparte el sórdido y efectivo, aunque a mi ver, algo forzado prólogo carcelario, en el que un histérico Victor Frankenstein que va a ser guillotinado, le relata sus fechorías a un sacerdote) con un joven Victor Frankenstein cuya madre acaba de morir (su padre ya lleva muerto bastantes años). Primera diferencia fundamental con respecto del libro: Victor no tiene familia. Ni hermanos, y sus padres han muerto muy pronto. Da la impresión de que a este tipo le acompaña la muerte a donde quiera que va (cosa que veremos exacerbarse a lo largo de la película: como el Pretorius de La novia de Frankentein -del que retoma algunos rasgos- él pertenece a la muerte). Nos encontramos con un típico niñato de papá muy mimado y sobrado, que en seguida nos cae antipático, pero también muy seguro de sí mismo y que sabe muy bien lo que quiere. Muy poco parece haberle afectado la muerte de su madre: es más, casi parece que se alegra, pues ahora tendrá libertad absoluta para hacer lo que se le antoja. Y no es ponerse a fumar porros o a practicar deportes extremos, como le pasaría a cualquier otro chaval de su edad, no, no. Lo que quiere es estudiar ciencias, y para ello contrata a un preceptor, Paul Krempe (Robert Urquhart, que hace un buen papel como el contrapunto serio y responsable de Victor: es el lado positivo de la ciencia, pero sinceramente, el actor parece casi el hijo de Peter Cushing cuando está a su lado en más de un momento). A pesar de lo repelente, como ya dije, que es el crío, empieza a llarmar la atención por el grado de determinación, el empeño por estudiar y la madurez que demuestra en muchas situaciones. Los años pasan, y Paul (que viene a ser como una fusión de los personajes de Henry Clerval y el profesor Waldman de la novela) y Victor llegan a ser grandes científicos y grandes amigos. Pero Victor no se conforma con resucitar a un perro muerto, o con suspender temporalmente la vida en los enfermos: quiere crearla. Paul empieza a ver que aquello se está empezando a ir de las manos, pero, sin duda interesado él también por los extraordinarios logros científicos que están consiguiendo, al principio, le sigue la corriente.
Es verdad que al principio, Victor no trasciende demasiados límites ni hace cosas muy malas...pero la ambición parece ir poco a poco posesionándose de él. En algún momento, Paul llega a decir de su amigo que ni es un loco ni un malvado...pero a la vista de los hechos del querido Herr Barón no lo tenemos nada claro. Empieza hurtando cadáveres de ajusticiados, luego pasa a robar tumbas, y finalmente llega a cosas tales como la mentira, el chantaje emocional y el asesinato para lograr sus fines. Siempre todo para el éxito de su experimento. Al igual que el Victor Frankenstein de la novela, éste de Fisher es un idealista, pero si los ideales del primero eran nobles, los de este se revelan cada vez más dudosos y mezquinos (quizá, si lo que hubiera habido en su mente, cual el mismo preconiza en un momento de la película, hubiera sido noble y hermoso, el resultado de su experimento hubiera sido muy otro; pero el sueño de la razón produce monstruos, y como en el Frankenstein de Edison, el mal que había en la mente de Frankenstein, produce un monstruo). Y si bien el mundo del Frankenstein shelleyiano se hunde cuando se da cuenta de lo que ha hecho, y su sueño se hace pedazos, éste es inasequible al desaliento. Más aún: en ningún momento siente dudas o remordimientos de conciencia. La palabra imposible no existe en su idioma. Yo estoy firmemente convencida de que, al buscar la palabra malvado en el diccionario, debería venir la foto de este señor:
Verdaderamente, cuesta creer que éste sea el mismo Peter Cushing que encarnara al recto y honorable Van Helsing en las de Drácula. La elegancia británica y el carisma de Cushing siempre están ahí (me encanta el momento en que le corta la cabeza a un cadáver y a renglón seguido se limpia la sangre de las manos en una chaqueta preciosa que lleva sin descomponerse apenas; verdaderamente, donde este tío está cómodo es con los muertos, y no con los vivos), pero en este caso, hablamos de un personaje que es casi maldad absoluta. Él, verdaderamente, es el monstruo de la película (idea que se irá perfilando en las sucesivas entregas de las aventuras del personaje: al final, como pasó con Drácula, con esa maldad y esas ansias de dominar el mundo era ya casi intercambiable por Fú Manchú o Ernest Bloefeld). Y a pesar del carisma y hasta la admiración que este Victor Frankenstein te pueda despertar, es un verdadero malvado, un mezquino y un miserable. Un niñato de papá, al fin y al cabo, un caprichoso niño pijo que hasta tiene momentos en que resulta patético y ridículo, pues de niño pequeño acostumbrado a salirse con las suya son muchas de sus reacciones. Y por suspuesto, espera que Paul le siga mimando y aprobando como hasta ahora.
No por mucho tiempo, pues la llegada a la casa de su prima Elizabeth (Hazel Court) con la que se va a casar, trastocará los hechos y precipitará los acontecimientos. Es significativo que, nada más llegar, Elizabeth tome Paul por su primo y prometido. A la postre, acabará pasando mucho más tiempo con él. Y aunque en la película no se llega a decir expresamente, es evidente que Paul está enamorado de la chica, y que Elizabeth siente simpatía hacia él (como pasara entre Victor y Elizabeth en la versión de la Universal), pero, siendo ambos personas honorables y estando ella obligada hacia Victor, no delatarán sus sentimientos. Elizabeth y lo referente a ella es quizá lo más flojo de la película: ella y Paul se ven un minuto, y ya son los mejores amigos del mundo, y ademas parece como si se conocieran desde hace años. Y más adelante, casi al final, los dos salen de la casa dejando a la chica sola con el monstruo suelto: un descuido bastante importante. Sin embargo, es posible que en este personaje haya servido para hacer cierta reivindicación feminista, del tipo de las que ya apuntaban por algún lado en la novela, y que suelen brillar por su ausencia, en la mayoría de las adaptaciones de Frankenstein. En un momento dado, Paul casi le reprocha a la chica que se vaya con Victor, un hombre al que apenas conoce. Ella le contesta que de no ser por él, ella y su madre se habrían muerto de hambre, a lo cual él le responde que no debe confundir agradecimiento con afecto. Y verdaderamente, Paul parece mucho más preocupado por Elizabeth y lo que le pueda pasar si se queda en esa casa donde se hacen tan horribles experimentos (como si en efecto pudiera ver lo que va a pasar) que el propio Victor, que prefiere pasar largas horas encerrado en su laboratorio rodeado de crisoles de químicos hirvientes y de cadáveres mutilados, que en compañía de su bella novia (¿hemos dicho ya lo mucho que a este chico le gusta la gente morida..?).
Pero...no está del todo solo. Ya que la bella Justine (Valerie Gaunt), la sirvienta, suele subir por allí para traerle al doctor algo más que la cena...La chica, sin embargo, acabará por ser un problema, agravado por la presencia allá de Elizabeth, y dada su condición de padre desnaturalizado y su desmedido amor hacia la carroña, el amigo Victor tendrá que buscar una forma de librarse de ella. Es curioso, pero hay cierta misoginia implícita en las películas de la Hammer, donde, en la mayoría de ellas, da la impresión de que las mujeres son prescindibles y hasta intercambiables. O bien aparecen como las víctimas inocentes del monstruo, el sacrificio propiaciatorio, o como las tentadoras, las armas de que se sirve el mal para acabar con los héroes. A veces, reuniendo ambos roles en un mismo personaje (como en el caso de las vampiras de Drácula).
El amigo Victor ha robado, ha mentido, ha chantajeado y hasta ha asesinado para conseguir sus fines. Y ello a pesar de que Paul se ha dado cuenta de que ha creado un monstruo (que a su vez está a punto de crear otro). De poco servirán sus tardías reacciones y sus intentos por frustrar los planes de su antiguo pupilo. Por una tonta e inexplicable casualidad, los planes de Frankenstein acabarán teniendo éxito.
Y vaya chapuza de éxito. El Monstruo del libro podría no ser muy guapo, pero al menos era muy inteligente y estaba dotado de una aguda sensibilidad. Pero es que éste, además de horroroso (tiene la pinta de un leproso que hubiera tenido algún accidente chungo), se mueve tambaleándose y es un maníaco homicida de inteligencia no superior a la de un cachorrillo al que se enseña a hacer trucos como sentarse o ponerse sobre las dos patas. Nada de coger la primera florecilla de la primavera, de jugar con la pequeña María o de llevar leña a los granjeros. Y por supuesto, mucho menos de imaginarse que es Werther o de leer El paraíso perdido. Ninguna profunda y desgarrada conversación sobre el innmarcesible dolor de la existencia, el desdén amargado, byroniano y fatal hacia el mundo. Es una verdadera lástima que el Monstruo sea lo más flojo de la película, más teniendo a un actor como Christopher Lee endosando su pespunteada piel, y no se saque más partido del personaje. Verdaderamente es, más que otra cosa, la consecuencia de las acciones de Victor Frankenstein, la manifestación visible de la maldad que domina su alma (y en esto, es hasta coherente con lo que él mismo ha dicho antes: que es la mente la que gobierna el rostro y da forma al cuerpo, y que si la mente es sabia y bondadosa, estas características se traducirán en el físico). Y pese a ello Victor es incapaz de asumir su fracaso, y que el ser humano perfecto que él quería crear, con las manos de un artista y el cerebro de un sabio, es un pobre idiota tambaleante. Más aún, le echará de nuevo la culpa a Paul por no haber querido ayudarle y haber frustrado sus planes. Y Paul, de nuevo a regañadientes, tendrá que ayudarle otra vez a dar caza al engendro, que en cuanto se ve libre, se pone a hacer de las suyas:
. Sí señor, éste Frankenstein es un alhaja: pijo, arrogante, mentiroso, ladrón, tacaño, asesino, testarudo, lujurioso e irresponsable. Menos mal que por lo menos no es gordo. Verdaderamente, su monstruoso hijo es su digno heredero. Con todo, Fisher nos dedicará momentos memorables dedicados a la creación del Monstruo, en un laboratorio de apariencia ruda y a la vez, estilizada, y todo ello con el sello de la Hammer, realzado con la efectiva y casi siempre atmosférica banda sonora de James Bernard.Spoiler:
Y eso no es todo. Cuando Justine, la criadaSpoiler:
Y todavía más gente aún habrá de pagar por la locura, obstinación y ceguera de Frankenstein. Al final de la película.Spoiler:
Hemos llegado al fin. Victor Frankenstein está a punto de pagar, con su vida, por su ambición y sus crímenes. Pero no lamenta. No, lo único que siente es que su monstruo, el trabajo de su vidaSpoiler:
. Un final adecuado a una vida de monstruosidad y crímenes: creador y criatura desaparecerán como una pesadilla al salir el sol. Nada quedará de ellos. Brutal.Spoiler:




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. El Monstruo del libro podría no ser muy guapo, pero al menos era muy inteligente y estaba dotado de una aguda sensibilidad. Pero es que éste, además de horroroso (tiene la pinta de un leproso que hubiera tenido algún accidente chungo), se mueve tambaleándose y es un maníaco homicida de inteligencia no superior a la de un cachorrillo al que se enseña a hacer trucos como sentarse o ponerse sobre las dos patas. Nada de coger la primera florecilla de la primavera, de jugar con la pequeña María o de llevar leña a los granjeros. Y por supuesto, mucho menos de imaginarse que es Werther o de leer El paraíso perdido. Ninguna profunda y desgarrada conversación sobre el innmarcesible dolor de la existencia, el desdén amargado, byroniano y fatal hacia el mundo. Es una verdadera lástima que el Monstruo sea lo más flojo de la película, más teniendo a un actor como Christopher Lee endosando su pespunteada piel, y no se saque más partido del personaje. Verdaderamente es, más que otra cosa, la consecuencia de las acciones de Victor Frankenstein, la manifestación visible de la maldad que domina su alma (y en esto, es hasta coherente con lo que él mismo ha dicho antes: que es la mente la que gobierna el rostro y da forma al cuerpo, y que si la mente es sabia y bondadosa, estas características se traducirán en el físico). Y pese a ello Victor es incapaz de asumir su fracaso, y que el ser humano perfecto que él quería crear, con las manos de un artista y el cerebro de un sabio, es un pobre idiota tambaleante. Más aún, le echará de nuevo la culpa a Paul por no haber querido ayudarle y haber frustrado sus planes. Y Paul, de nuevo a regañadientes, tendrá que ayudarle otra vez a dar caza al engendro, que en cuanto se ve libre, se pone a hacer de las suyas:
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