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Marathon Man (1976) / Director: John Schlesinger / Guión: William Goldman / Intérpretes: Dustin Hoffman, Laurence Olivier, Roy Scheider, William Devane, Marthe Keller.

Siempre es un placer disfrutar de un cine entretenido y que engancha de principio a fin desgranando tramas repletas de intriga, suspense, tensión y sorpresas. Marathon Man forma parte de ese estimable género de películas que seducen irremediablemente no sólo por contar una historia atractiva, misteriosa y muy bien hilvanada a la hora de hacer coincidir convincentemente dos líneas argumentales en principio inconexas, sino también por ofrecer ese apasionante entramado mediante un envoltorio formal elegante y lejano a esa factura setentera que, en ocasiones, figura con pronta fecha de caducidad.

Por lo que respecta al fondo, el vigoroso guión con ribetes políticos de William Goldman, adaptando su propia novela, posee muchos atractivos en su desarrollo impredecible, repleto de sorpresas y farsas y que causa un sobrecogimiento progresivo e in crescendo. La elección de un actor como Dustin Hoffman para el papel principal de víctima inadvertida e inocente, de personaje algo débil que se verá obligado a fortalecerse para sobrevivir ante la caterva de villanos que le persiguen (pensemos en Perros de Paja), resulta un acierto absoluto. Sobre él, un tipo en principio vulnerable, pivota una trama doble que se funde en una sola con mano maestra, logrando generar una situación de asfixia y paranoia respecto a Babe (Hoffman), ese corredor en sus ratos libres que se ve involucrado en un juego de intereses que atenta contra su integridad física y emocional, siendo asediado por un nazi con gusto por torturar recurriendo a la ortodoncia (temible Laurence Olivier), un pérfido farsante (William Devane) o cierto personaje que no es lo que parece (y que no conviene desvelar aquí).

Si bien una vez que las cartas están sobre la mesa la historia deviene algo convencional y no tan interesante como prometía (aun a pesar de un clímax por todo lo alto), lo cierto es que la construcción del suspense y la intriga que ya se han reseñado resulta loable y, por momentos, sobresaliente. Porque, y aquí entra en juego el apartado formal, John Schlesinger hace gala de una puesta en escena excelente en el impactante y contundente prólogo para, después, mantener una elegancia visual en sus movimientos de cámara y encuadres muy de agradecer, siendo potenciada por el magnífico trabajo en la fotografía de Conrad L. Hall.

Además, Schlesinger acierta de lleno en su férreo pulso narrativo, no desfalleciendo jamás ni incurriendo en tiempos muertos que hubieran perjudicado la creación de una atmósfera enrarecida y turbia que, sin prisa pero sin pausa, crece en inquietud (culpemos, también, a la subyugante música de Michael Small) dado que percibimos o sospechamos que algo va a ocurrir. Y es entonces cuando se destapa el meollo de la cuestión y la película penetra en un oscuro y violento callejón que reta a la resistencia humana, la de un don nadie con pasado traumático que corre y corre huyendo del ogro hasta darse la vuelta y afrontar, cara a cara, a su demoníaco acosador.

Muy recomendable, en suma.