No he visto el montaje "largo", ni he leído a Vian. Y ha pasado no menos de año y medio desde que vi la película. Pero es curioso cómo a veces con el tiempo, hay films que se disipan en tu recuerdo, en las sensaciones improvisadas que te aporta al encontrártelo en un post; mientras que, otros, llegan a alcanzar lo contrario. La sonrisa. Esa emoción positiva que aparece de improviso al leer después de haber visto -aquel día- algo bueno, o especial, o entrañable. O todo junto.
Me gustó. Viéndola desde la más absoluta distancia en cuanto a la historia, y al escritor. Justo la contraria respecto a algunas (no todas) películas de Gondry. Un film original, agradable, histriónico, clásico, retrofuturista, ligeramente innovador, o todo lo contrario, y que, lejos de suponer la dosis de edulcoramiento que propondría en la mayor parte de las ocasiones en que podía haber sido rodado, en este caso te deja un poso amargo. Consecuente. Porque, en realidad, dramáticamente, ese poso está ahí latente detrás de toda la película desde su principio. Incluso cuando aún es una fiesta que te retrotrae a un futuro tan infantil o retorcido como divertido.
Le faltan varias cosas para ser el gran film que no es. Pero me pareció una buena película, mucho más interesante que la mayor parte de estrenos que se ofrecían en esa época. O en esta. Que lejos de suponer algo grande, es pequeña, porque debe ser así. Como su historia. Cuidada. Extraña. Local en otro mundo.
Un pequeño y peculiar bonsai, o nenúfar, a guardar en la memoria, o en la estantería. Para volver algún día.