Parecía impensable una secuela que se acercara a la estética, interpretaciones y efectos prácticos del original, pero Burton ha conseguido recuperar algo de su espíritu en esta continuación tardía firmando su mejor película en años. Una galería de personajes irreverentes, mala leche (esa pulla a Disney), guiños cinéfilos (Psicosis, Mario Bava) y un feliz reencuentro de su director con la stop-motion. El trío original está genial, en especial Catherine O'Hara llevando su personaje al extremo. Es verdad que convergen demasiadas subtramas y que sobra algún chiste fácil, pero Burton ha recuperado su músculo creativo y eso es lo importante. Todos pensábamos que era la decisión perfecta para inmolarse y ha cerrado bocas.